A lo largo del camino que recorremos para formarnos en la materia, el saber o el arte que nos ocupa, vamos encontrando distintas manos que nos ayudan. Algunas de manera oficial o explícita, otras de modo más aleatorio y hasta inconsciente. Pero sólo en algunos casos, llegamos a sentir que corresponde nombrar a quienes nos inician o acompañan en ese recorrido con la palabra “maestro”.
Raymond Carver reconoce como uno de ellos a John Gardner. Cuando ya era un escritor más reconocido que su propio maestro, Carver escribió el prólogo del libro de Gardner "Para ser novelista", donde cuenta cómo lo conoció, por qué se anotó en su taller de escritura creativa, qué decían de él los otros estudiantes que habían sido sus alumnos. Pero además, quizás lo más interesante, menciona distintas enseñanzas que reconoce como fundacionales, algunas relacionadas directamente con la literatura y otras con el oficio, con enfrentarse a la cuestión concreta de poder sentarse y escribir. Entre las primeras, transcribo una indicación de lectura que, aún a la distancia, se puede reconocer imprimiendo su sello en los incomparables cuentos de Carver.