Como si las del poema fueran palabras recién nacidas, como si surgieran de una imposibilidad de decir o fueran un intento de dar palabra a aquello que no tiene palabra para ser dicho. Entre las muchas funciones que poetas y teóricos asignan a la poesía, me importa esa: decir algo que percibimos y no sabemos bien qué es, extraer de las palabras su capacidad de decir otra cosa que lo que dicen siempre. Avanzar sin resguardo: la experiencia del místico que, como San Juan de la Cruz, entra al silencio y la oscuridad para llegar a Dios, fue muchas veces comparada a la de quien hace poesía, y hasta la de quien la lee. No se trata en este caso de una experiencia completa en sí misma, como la del místico, ni aquello que buscan las palabras es Dios, pero la propia realidad del mundo y de la vida es lo suficientemente esquiva y huidiza para quien no se resigna a resolverla en fórmulas tranquilizadoras. Juan Gelman, que leyó mucho a los místicos, me dijo hace casi veinte años: “Lo que pasa es que hay, creo yo, una cualidad del lenguaje, de la poesía en particular, por la cual las palabras dejan más cosas en silencio que dichas. Cuando las palabras logran decir lo que dicen y además decir lo que no dicen, y de esa manera logran callar lo que dicen. Bueno, San Juan de la Cruz es un tipo así... para mí sería un ideal llegar ahí.”
Me quedó muy grabado ese modo de ver la cuestión, que permite apreciar mejor cuál es la apuesta a la que responden escrituras tan jugadas como las de Mundar o Atrásalante en su porfía, y que Gelman tomó de su amigo, el gallego José Ángel Valente. Gran poeta, autor de deslumbrantes estudios sobre la poesía mística, Valente escribió: “esa palabra [poética] que pone en tensión máxima al lenguaje entre el decir y el callar. La palabra dice así lo que dice, a la vez que dice lo que calla”. A lo que Gelman agregó: “también calla lo que dice”. Algo hay que no está dicho atrás de lo que aparece dicho, o alrededor, o en los modos de trabajar la palabra más que en sus significados, o en las evocaciones que vienen con las palabras, y en la posibilidad de “decir” eso que no se dice está lo bueno de la poesía. Y en lo que se calla, lo que la poesía se niega a decir para que brille por su ausencia: bien puede un poema decir con claridad y sin dudas muchas cosas, a veces muy interesantes o valiosas, pero habría, además, otra cosa, callada pero presente, y es lo que más debería importarnos. Tal vez ahí esté la diferencia entre la poesía que se asume como tal, y como tal se juega, con el discurso versificado que circula como “poesía” para pasar el rato.
"El Zombi del Grand-Pérou o la Condesa de Cocagne" (1697) de Pierre Corneille de Blessebois, una sátira impresa originalmente en las Antillas francesas donde por primera vez se aparece un personaje zombi en la literatura, acaba de ser traducido al [...]
Enrique Anderson Imbert, en un lúcido trabajo sobre el Fausto de Estanislao del Campo, señala que “la comparación del mundo con un teatro y del hombre con un actor” quedó sistematizada en el Barroco con El Gran Teatro del Mundo de Calderón.(ANDERSON [...]
"México es inferior a su pasado" aseguró la escritora mexicana Elena Poniatowska durante la Conferencia Internacional de Escritores, "Encrucijada de las Américas" que reunió en San Miguel Allende, Guanajuato, a escritores de Canadá, Estados Unidos y [...]
Conocí a Montero hace unos años, en el Purple Rain Pub. Al principio, los dos nos sentábamos a leer, a la hora del crepúsculo, en alguna de las mesas pegadas al ventanal, ignorándonos. Después empezamos a reconocernos y a saludarnos con un movimiento [...]