La prohibición de no fumar, extensible al chofer —“cúmplala y hágala cumplir”— es la más pasada de moda, porque ya no se puede fumar prácticamente en ninguna parte de la ciudad. La sugerencia de ceder el asiento a mujeres embarazadas, con bebés o personas de edad, continúa convertida en obligación. Antes era si querías. Ahora, si te sentaste en los asientos reservados, te tenés que levantar. Y te estoy hablando a vos, que te hacés el dormido.
Hay una prohibición que desapareció y estaría muy bien que la pusieran de nuevo, afianzándola en ley. No sé quién habilita estas normas, si la CNRT o la Secretaría de Transporte. La veda que nombro está referida al control de ruido durante el trayecto.
Las radios a válvula eran difíciles de trasladar. Por lo pesadas, por lo grandes, por lo frágiles. Eran muebles alrededor de los que se reunía toda la familia a escuchar la radionovela de las cuatro o el partido de los domingos. No había que mover estos muebles estando encendidos, porque los mecanismos tenían que enfriarse antes. Cuando las válvulas se cambiaron por los transistores, las radios disminuyeron aparatosamente de volumen y se hicieron transportables. La gente podía caminar y escuchar. Estaba el audífono, pero… ¿cómo ibas a “darte corte” escuchando bajito? Que todo el mundo se entere de la música que te gusta, del club por el que hinchás, del equipo electrónico que te compraste. Al final hubo que prohibir el uso de radios a transistores a volumen abierto durante los viajes.
No cuesta mucho imaginarse ese panorama de ruido y confusión, porque hoy pasa lo mismo con los teléfonos móviles. La gente no utiliza auriculares, y a veces los utiliza pero con la música tan alta, que igual se escucha. Y nunca es Mozart. Siempre chingui chingui del peor. Digo: que cada uno escuche lo que quiera, pero que lo haga en privado.
La sala de lectura de la Biblioteca Laurenciana de Florencia, diseñada por Michelangelo Buonarroti, tuvo (y tiene) apenas unos pocos libros. Cada libro es un mueble, porque antes los libros eran enormes, pesadísimos, y había un sólo ejemplar por original. Son, simplemente, manuscritos de tapa dura realizados en los conventos, fijados con tornillos sobre atriles de madera maciza. A nadie en su sano juicio se le ocurriría llevarse uno de esos socotrocos a su casa.
Con Gutemberg los libros se multiplicaron por miles y se pudieron llevar en el bolsillo, en el colectivo. En el viaje de hoy hasta mi estudio empecé la última novela de Bernhard Schlink. Sin embargo, no la leí en voz alta.
El uso de auriculares es un problema cultural. Así como en los sesenta había que enseñarle a la gente a que no escupieran en el suelo o escucharan con audífono sus Spikas, hoy deberíamos volver a sugerir que se pongan auriculares o apaguen para siempre la música de los telefonitos. Bastante hay que aguantar conversaciones a los gritos, porque “no tengo buena señal, ahí te oigo un poco mejor, ¡hablá fuerte!”. Uf.
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Así, de puente en puente, hablando
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“Comprendió que un destino no es
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