Pero el voluntario alejamiento de la ciudad y de sus círculos intelectuales, y la asunción de una arrogante aunque dolorosa soledad en la selva misionera, le permiten la inmersión en la naturaleza y la creación de vigorosas narraciones del espacio elegido. Dejará de lado las vacilaciones, los intentos, los ensayos, y se sumergirá en el mundo singular que lo rodea para encontrar lo que en Los desterrados subtitulará “el ambiente” y “los tipos”, ésos que asegurarán su posteridad literaria.
Dicha presentación es todo un lema, al que Quiroga será permanentemente fiel. La gente que pase o se asiente en ese enclave tendrá características tan especiales que, por su sola presencia, merecerá los favores de la literatura, con lo que ella tiene para él de fijo, de permanente, de probatorio. Lugar y hombres constituirán así dos núcleos que actúan correlativamente y permiten apreciar los elementos narrativos que los encarnan: las descripciones y explicaciones (del ambiente, del clima, la fauna, la flora, las actividades) y los personajes, con sus particularidades, sus excentricidades, sus desesperaciones, sus manías, sus vicios.
Naturalmente, el elemento lingüístico está omnipresente y no se dejan de subrayar los extranjerismos de algunos (los del suegro polaco del protagonista en “La cámara oscura”, los del dueño del toro en “El alambre de púa”) o bien la difícil fusión de hablas originales con la nacional: “El muchacho era brasileño, y hablaba una lengua de frontera, mezcla de portugués-español-guaraní, fuertemente sabrosa” (“Un peón”). Todo ello, con una actualidad y una vivencia que hoy, todavía, sobrecogen.
Porque las particularidades individuales de los “tipos” son portadoras, en numerosas ocasiones, de un drama conjunto. Gentes que, a pesar de su nivel cultural, se hallan amarradas sin más remedio al sitio y a esa vida; los trabajadores explotados en los obrajes o los peones corridos a tiros cuando van a reclamar su paga; las víctimas de la propia audacia, imprudencia, ignorancia, mala suerte, que caen destruidos por la naturaleza. Cuentos como “A la deriva”, “La miel silvestre”, “El desierto”, hallan así un punto de inflexión donde por fin la muerte literaria da con su destinatario.
Pero la huida a la naturaleza no es en Quiroga puramente “ecológica”. Siente humanizarla a partir del trabajo, personal y colectivo. Él mismo abre picadas a machete limpio, desmonta, tala, fabrica canoas, levanta casas, y por eso también rescata, en aquellos días, los orígenes “del movimiento obrero, en una región que no conserva del pasado jesuítico sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo, para el nativo, y la inviolabilidad del patrón”.
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