La Tempestad 

La vigencia de un estilo: el grotesco criollo

 
  • SLT
por Osvaldo Quiroga
El reestreno en el Teatro Nacional Cervantes de Mateo, la obra de Armando Discépolo que subió a escena por primera vez en 1923, resulta un acontecimiento teatral por varias razones. En primer lugar nos permite reflexionar sobre la vigencia del grotesco criollo, género que en términos teóricos es la interiorización del sainete; es decir, la cara sombría del patio de conventillo por el que desfilaban personajes alegres y joviales.

Lo que pone al descubierto tanto Mateo, como Babilonia, Stéfano y El organito, todas de Discépolo, es la decepción de quienes vinieron al país con la esperanza de regresar a Europa en mejores condiciones de las que partieron, o de encontrar en la Argentina un lugar en el que fuera posible vivir mejor que en su país de origen. Claro que al margen de la anécdota, lo que ocurre en el escenario del Cervantes, a través de la excelente puesta en escena de Guillermo Cacace, posee rigurosa actualidad. Y en ese sentido los méritos de Roberto Carnaghi, Rita Cortese y Mario Alarcón —don Miguel, Carmen y Severino respectivamente— resultan decisivos. El drama de Miguel es que ve cómo su pequeño mundo se derrumba. Frente al avance del automóvil, su desvencijado coche de alquiler arrastrado por un caballo exhausto resulta obsoleto. Y Miguel no tiene las condiciones psíquicas para adaptarse a un mundo cambiante.

Cacace trabaja la figura del desesperado y lleva el grotesco a su máscara más radical. ¿Qué hace un hombre cuándo no puede mantener a su familia y pierde su trabajo? Miguel apenas habla castellano. El cinismo capitalista suele sostener que todos tenemos las mismas oportunidades. No hace falta ahondar en las falacias de ese razonamiento. De alguna manera si Miguel pierde su caballo también pierde la vida. Sin su carro él tampoco puede sostener su lugar de padre. De hecho su hija —un logrado trabajo de Paloma Contreras— se acerca a la prostitución, y otro de sus hijos, que sueña con ser boxeador, no oculta cierta deficiencia mental.

En la puesta de Cacace hay un momento de admirable belleza poética. Y es cuando Max Berliner, actor que ha superado los 90 años de edad, pone al descubierto su cuerpo delgado para encarnar a Mateo, el caballo. Y a través de la potencia de esa imagen se sintetiza la tragedia de una familia. Horacio Acosta, David Masajnik, Iván Moschener y Agustín Rittano se lucen en sus respectivos papeles. Sobretodo porque trabajan profundamente conectados con el estilo de actuación del grotesco criollo. Un estilo muy difícil para el actor, ya que si carece de experiencia, o de una dirección adecuada, puede caer en el estereotipo. El grotesco vernáculo, que tiene varios puntos de contacto con el grotesco de algunas obras de Pirandello, supone un equilibrio sutil pero indispensable entre la máscara del personaje y la expresión de su subjetividad. Discépolo escribió estas piezas para mostrar el drama de las corrientes migratorias que llegaban a estas tierras en busca de un destino venturoso que casi siempre les era esquivo. Su teatro es político en el sentido más profundo.  Es probable que el espectador no pueda eludir el recuerdo de la crisis del dos mil uno en la Argentina. En esos días no pocos compatriotas vieron cómo todo lo que habían construido a lo largo de la vida se desmoronaba como un castillo de naipes. Y en esos momentos límites los seres humanos buscan subsistir como pueden. A las acciones de Miguel, como a las de cualquier hombre desesperado, hay que juzgarlas dentro del contexto en el que se llevan adelante. El mundo contemporáneo no parece preocupado por personajes como los de Discépolo. Todo lo contrario. Los empuja hacia el abismo. Sólo unos pocos aprenden a rebelarse y, entonces, escriben la historia de otra manera.                                                                                  

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