Milanesa Napolitana 

La fiesta del ovillejo

 
  • SLT
por Gustavo Nielsen
Con 13 años escribí una versión de "Caupolicán", de Rubén Darío, dirigida a un cura maricón que nos daba clases de música en el colegio. El nombre del tipo era Neri. Era una persona estúpidamente exigente. Se sentaba de espaldas a la clase y tocaba una seguidilla de notas en una flauta dulce. Nosotros debíamos documentar la melodía en el cuaderno pentagramado. No acertaban ni los que sabían tocar un instrumento.
Mi poema se titulaba "Cauchoripán". El mismo Neri me lo quitó de las manos durante una lectura en un recreo, y después me llevaron a la Dirección. Pidió que me echaran (el poema denunciaba especialmente sus modales amanerados, con esa violencia que solo pueden tener los alumnos varones de un secundario de Buenos Aires), y los demás profesores me defendieron (yo solía ser un buen alumno, aunque de pésima conducta). Por lo que terminé quedándome con 24 amonestaciones, una menos de las necesarias para la expulsión. La frase final del director fue: “Nielsen, estas cosas no hacen reír a nadie”. Una mentira que ya había verificado en el recreo: todos se habían reído. Era el año 1975.

Me hubiera encantado haber conocido los Ovillejos de Don Alejandro Nores Martínez en ese tiempo. Me hubiera encantado saber que existía Quevedo, que la Martín Fierro publicaba epitafios a escritores, haberme cruzado con la Humor Registrado que estaba por venir o la Barcelona de estos días. Pero yo tenía solamente 13 años y ni mis padres me pudieron defender: la culpa era mía porque la Satírica no existía en ninguna parte de nuestras memorias. Ahora, después de todos estos años, sé que es uno de los pilares que sostienen a la democracia.

Nores Martínez fue un abogado y juez que murió en 1979. Pertenecía a la aristocracia cordobesa; su familia era dueña del diario “Los principios”. La tradición dice que escribía Ovillejos en los bares de los alrededores de Tribunales, en servilletas que otros letrados se llevaban para poderlos recitar en reuniones sociales.

Un Ovillejo es un tipo de verso metrado que frecuentó Cervantes. En los del juez se ataca furibundamente a una persona de la alta derecha cordobesa —sus propios pares— con nombre y apellido, en un intento de literatura cáustica, algo guaranga y totalmente irreverente. Nores los escribió sin firmarlos, y los poemas se trasmitieron de boca en boca desde 1940 hasta la actualidad. Como muestra, basta un botón:

Señora Posse de Paz:

Si usted no cuida de atrás

el culo de su hija Marta,

se lo digo sin cumplido:

Puede que alguien se lo parta

si ya no se lo han partido.

Acaba de salir una selección en forma de libro, compilado por Federico Racca, en la colección Los Sátiros de Editorial Babel. Se esperaba que la familia, que no había dado el permiso de publicación, fuera a la presentación a armar un escándalo. Los mismos poemas, de tan divertidos, disiparon cualquier enfrentamiento.

En la presentación de los Ovillejos de Don Alejandro todos los presentes se rieron a carcajadas, como mis propios compañeros se reían en aquel recreo de mi infancia. Fue una fiesta. Todo el mundo quiso recitar los que sabía, todo el mundo se relajó, a la salida compartimos direcciones de meils, besos y abrazos. Un verdadero homenaje buscado, entendido, ganado para los cordobeses y el resto del país, en un libro que fue y seguirá siendo el gran longseller argentino de un juez. Un autor que se escudó en el anonimato para regalarnos su delicia: estos poemas que nos hablan de una época que ya no existe pero todavía se huele, a veces se la ve, sigue acechando por ahí.

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