Salis del cyber: Pasás las rejas y te prendés fuego. Como que te quedás medio ciego un toque, loco. Ves todo anaranjado. El sol te mata. Más cuando andás de caravana. No me puedo acordar hace cuanto que no pego un ojo. Los pibes tampoco saben cuando fue la última vez que se acostaron. Lo que si sabemos es que fumando cada cuarenta minutos andás pila-pila. Y que venimos fumando base cada cuarenta minutos desde que no dormimos. Y que nos gastamos mucho billete. Y todos los billetes. Y que los últimos papeles que teníamos los hicimos mierda en el baño hace un rato. Y que se nos va a complicar el viaje. Y que si en quince no volvemos a pegar no va a estar bueno. ¡No va a estar nada bueno!
Ma-má: hace un calor que te derretís. Más de treinta grados y todavía no son las siete. No puedo pensar. Y no tengo que pensar. Tengo que hacer lo que hacemos siempre. Tengo que reaccionar. Antes de que alguno de los pibes abra la jeta. Antes de sentirles el aliento a bosta. Antes de mirarles los dientes amarillos. De colgarme viéndole los granos con pus ahí de reventar. De flasharla con los ojos así, todos rojos los tenemos. O de tildarme con la camiseta del Real de uno, que parece que se la pasó por el orto porque, ¿adónde se le quedó el blanco? Como a mis zapatillas. “Altas llantas sabían ser, ¿se acuerdan?”; me dan ganas de preguntarles… a las Topper, loco. Corte que éramos lindos guachos. Corte que ahora estamos re cachivaches.
En la calle nadie te fía paquete. Nadie. Porque bisnes ar bisnes. Nadie te fía salvo que tengas para pagar otra cosa que interese. Y al Tuli le intereso yo. Al Tuli le interesa chupármela. Chupármela cada vez que puede. Corte que nadie imagina que vende. Corte que nadie imagina que vende baja. Porque el Tuli es un puto cheto que vive en Cabello y El Lazo en un departamento a todo trapo. Le mando un mensaje de texto. Al toque me contesta que justo se estaba por acostar. Que por qué no me voy a dormir con él. La quiere hacer larga. Y nosotros corta. Y él está enamorado y yo —salvo por la base— con él no quiero saber nada. Nada de nada.
Por eso cuando llegamos al edificio no lo llamo por el portero. Esperamos que salga alguien. Lo hace una mujer con grandes anteojos negros que abre la puerta mientras bosteza. Y no espera a ver que se cierre. Nos colamos sin problema. Algunos subimos en el ascensor. Otros lo hacen por la escalera. Esperamos que nos alcancen en el cuarto. Cuarto C. Le toco la puerta. Le doy dos golpes y me apoyo con las dos manos como si un rati me estuviera palpando. Escucho que adentro alguien se acerca pero no pregunta quién es. La mirilla se corre y me siento observado. Cuando las llaves hacen ruido me hago a un lado para que los pibes hagan lo suyo. Para que los pibes ataquen.
El Tuli abre con una sonrisa que borra de una cuando nos ve. Está en pelotas. Bah. En pelotas no. Tiene una toalla anudada en la cintura y otra en la cabeza. El Tuli se sabe bañar antes de meterse a la cama. Siempre. Para desenredarse el pelo tiene un secreto: se lo lava pasándose romero. Después se lo peina bien tirante para atrás. Y se envuelve la cabeza con una toalla. Nada de planchita. Posta. Por eso le queda re lindo. El Tuli abre la puerta y los pibes se le van al humo de una. Lo estrangulan. Lo amasijan. Lo hacen mierda. Yo entro último y cierro la muerta. El Tuli está acostado en el piso pero no puedo verlo. Arriba tiene a todos los pibes dándole masa. Intento esquivarlos pero no puedo. Paso por encima de ellos pisándolos. Paso por encima de ellos a buscar lo que vinimos a buscar porque se adónde buscar.
Páginas de la revista Caras envuelven la base. Seis paquetitos. Solo seis paquetitos seis. Los pibes ya están todos parados. Tienen sangre del Tuli en los garfios y en las jetas. Me da mucha bronca que lo hayamos hecho cagar por solo seis paquetitos seis. Por solo seis paquetitos de mierda. Pero vamos a lo nuestro. Voy a la heladera y encuentro dos latas de cerveza. Abro una. Le doy un beso y la paso. Hago lo mismo con la otra. Cuando las vaciamos, abollo con los pulgares las Heinekens. Las perforo con una aguja. Y les calzo la base. Antes sabía usar de pipa el pico de un sifón. Pero siempre tenía que dar la segunda porque si la fumás así queda una astilla. Y ahí es donde te hacés concha. Así no. Con la lata de birra no. No hace falta la segunda. Usas de soplete el encendedor. Hacés que la llama gire. Aspirás. Aguantás todo lo que podés. Y después volás.
Y eso hacemos. Volar con la baja. Y volar de lo del Tuli. No sin antes revisar que más nos podemos llevar. No mucho. Encuentro cien pesos y los capturo antes de que se avive cualquiera de los pibes que solo alcanzan a rescatar una tarjeta de crédito, una noubú y un MP3 con música de Damas Gratis. Cuando rumbeamos para la puerta nos damos cuenta que el Tuli todavía no la palmó. El rastro de su sangre mientras se arrastra buscando salir él primero mancha más el piso de madera. Los pibes lo agarran de los tobillos y lo llevan hasta el baño donde se la dan. Ya no va a joder más. Ni a mí ni a nadie. Pero yo quiero seguir jodiendo y siento que a los pibes ya no les queda nafta.
Dejo a la banda. Me corto solo. Están re duros. Estoy re duro. Algunos se quedan por la plaza Álvarez. No dan más. Otros tiran la toalla en el parque Las Heras. Un par encara para un cajero. Veo como luchan con la tarjeta para poder abrir la puerta mientras agarro para la avenida. Apenas doblo las rodillas en cada paso que doy. Camino hasta Coronel Díaz. Hay una cola larga para el 92. Cuando llega el bondi subimos. Somos muchos. Vamos todos apretados. Cara de dormidos. Menos yo supongo que todo el resto va para sus laburos. Los que alzan los brazos para agarrarse del pasamano muestran en los sobacos que están transpirando como chanchos. El chofer transpira como un chancho la camisa celeste.
Pasamos por el costado del Alto Palermo. Cruzamos Córdoba. El Coto de Almagro. Parque Centenario. El Cid Campeador. Donato Álvarez. Plaza Flores. El cine Rivera Indarte. Los dejamos bien atrás. De a poco el bondi se va vaciando. Uno-Once-Catorce. Parada. Toco timbre. Me bajo. El sol sigue al spiedo, loco. Por eso hay perros tomando agua de una zanja. Y un bebé —¿o ya es un nene?-- revolviendo bolsas de basura amontonadas en una esquina. El carro de un botellero volcado sobre un costado. Un caballo que no se ve por ninguna parte. ¿Se lo habrán morfado? Cables de alta tensión con un par de zapatillas colgando. Acá para un transa. No va a hacer falta que me meta en un hueco. No va a hacer falta que me pierda en cualquier pasillo de la villa. Acá venden alta y baja seguro. Ya se va a aparecer alguien. Quiero fumar base ya, por eso doy unas vueltas. Y cuando fume base me voy a dar vuelta.
Se aparece el man, loco. Le falta un ojo, ¿podés creer? Está en patas y en cuero. Del bolsillo del jean se le asoma una bolsita rosa. Ahí tiene lo mío. Seguro. Está por preguntarme que onda cuando yo tanteo en mi pantalón buscando los cien pesos. No los encuentro. Ya no los tengo. Me punguearon en el 92. ¡Bo-lu-do! ¡Me descansaron un papel de cien! ¿Y ahora? ¿Cómo voy a ir a pegar? El tuerto se para frente mío. Parece jodido. Se la da de jodido. Le saco la ficha al toque. Es un pancho. Un gato. Un bigote. Un Chatrán. Tiene lo que necesito en esa bolsita rosa en el bolsillo del jean. Y yo no tengo ni una moneda. Pancho, gato, bigote, Chatrán: perdoname. Me voy a zarpar de rastrero porque no me queda otra. Va a hacer una hora que ando yirando. Ya me pasé mal. Voy a birlarte la base. Acercate. Acercate un poquito más. Dale, tuerto. Vení, vení…
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