“Si desconfiás de la calidad literaria de los invitados a la Feria del Libro o si no te creés que todos los años pueda surgir una escritora genial, no sos un resentido, sos realista”. Así empezó su charla un editor que conocí en las jornadas previas a la inauguración de la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En realidad, fue en ese momento, anterior al arribo del público, cuando los corredores todavía facilitan este tipo de encuentros y charlas, entre cursos y rondas de negocio que todas las ferias internacionales organizan para distribuidores, bibliotecarios, traductores, editores y un universo de profesionales del libro. Ahí se alterna la banal queja por lo caro que es tomar un cafecito, con el apocalíptico protagonismo, cada vez más impuesto, del soporte digital. Y también es el lugar para la charla literaria, amena y más o menos sincera e inteligente, en que se hace la diferencia entre obra y producto, apariencia y realidad, política y lectura.