"Oyen a Liniers, que no llora, no gime, no suplica, que exige, de pie en la mañana helada como el infierno, a los hombres furiosos y callados y exhaustos, que le apunten al pecho, que no le venden los ojos."
Andrés Rivera, La Revolución es un sueño eterno
RECONQUISTA
Liniers —con las manos atadas y la mirada triste como la que suelen tener los últimos de la especie— sueña que no es verdad que lo han capturado. Aún sigue huyendo entre matorrales hacia el inagotable norte y se consuela pensando que los hombres nunca somos definitivamente derrotados. Salvo con la muerte. El joven que le ató las manos hasta el rojo de la carne y dice llamarse con orgullo Urien ya lo considera vencido y le ha vendido todas las pertenencias para pagar sus vicios a la indiada. ¿Este joven no sabe que el hombre sentado en el suelo con las manos moradas y doloridas, no es como aquel virrey que huyó hacia Córdoba —siempre evitando el sur— sin conocer el color del uniforme del enemigo? Sí que lo sabe: este joven (como todo el Pueblo) conoce al Conde de Buenos Aires, conoce al ex virrey, conoce al reconquistador de Buenos Aires. Sin embargo, Liniers no recuerda al joven que dice llamarse Urien, que lo insulta y que ya lo considera, apresuradamente, derrotado.